En un tiempo muy lejano los ángeles y los humanos convivían juntos, en el mismo mundo. Nadie sabía de dónde provenían estos seres con alas que estaban llenos de amor, tan llenos, que lo compartían con todos.
Cada ángel tenía un propósito, el cual debía realizar a lo largo de su existencia, y cuando hubiera terminado esta tarea, podría regresar de donde venía: cuidar a una persona en específico, sanar heridas, llevar alegría a los ancianos, a los enfermos o a los niños huérfanos, hacer que dos personas se encuentren cuando se necesiten, compartir su luz con los que se sentían grises, dar paz a quien se sentía agobiado o llevar las almas de aquellos que las entregaban cuando era su tiempo.
El problema aquí es que ningún ángel sabía específicamente qué tarea realizar hasta que él mismo se diera cuenta para qué era bueno.
Por el contrario, los humanos vivían sin saber cuál de todos con quienes se encontraban en el día era un ángel porque solamente las podían ver las alas de un ángel cuando estuvieran listos para entregar su alma.
Nemo, llegó al mundo sin saber cuál era su tarea. Intentó hacer que dos personas se encontraran, pero no se dio cuenta de un detalle: estas personas eran de tiempos distintos, una de ellas ya tenía un propósito y no lo dejaría. Quiso compartir su luz con quien se sentía gris, pero su luz era tan brillante que se reflejaba no sólo en una persona, sino en todas las que estaban a su alrededor, por lo tanto llamaba mucho la atención y eso no era del todo bueno. Le gustó mucho llevar alegría y dar paz, pero cada vez que lo hacía, sentía que hacía falta algo más. Y cuando intentó llevar el alma de una persona, se sintió tan triste, que no pudo levantar el vuelo, sino que únicamente acarició la cabellera de aquel anciano, le cerró los ojos, le dio un beso en la frente y dejó que otro ángel tomara el alma entre sus manos y se la llevara. Quiso sanar heridas del cuerpo, pero en un momento comenzó a comprender que le daba más gusto sanar heridas del alma, aunque fuera más difícil, porque cada vez que sanaba una, nacían otras más profundas.
Se puso a pensar cuál sería el propósito de su existencia. Estaba tan lleno de amor y no sabía qué hacer con él así que sólo se le ocurrió compartirlo con la primera persona que cruzara por su camino. Y así descubrió su tarea: Ir siempre detrás de aquel niño. Cuidar sus pasos, verlo crecer, estar a su lado cuando se sintiera triste, limpiar sus lágrimas, soplar en su frente por las noches para que tuviera buenos sueños, jugar con él, ayudarlo a elegir las mejores compañías, guiar sus decisiones, darle la mano para levantarse cuando por algún mal paso haya tropezado, sanar sus heridas tanto del cuerpo como del alma… Entregar su amor por entero para esa pequeña persona. Abrazar su alma.
Cuando encontramos nuestro propósito, encontramos nuestra felicidad. Encuentra a los ángeles en tu día a día, no pretendas encontrar alas, recuerda que esas las verás cuando llegue el momento de entregar tu alma y probablemente, en ese momento, conozcas a todos los ángeles que te han rodeado desde el momento en que tomaste tu primer respiro.