domingo, 25 de marzo de 2012

Cuando dos son uno.


Noche. Luces apagadas, la computadora ilumina débilmente la estancia. Fue un día cansado, el ir y venir de todos los días pesa, estresa, harta, desgana… Caes sin formalidades en el sillón, estás en casa, donde eres tú mismo, donde estás seguro, donde estás contigo; dispuesto a perder algunas horas de sueño a costa de desconectar la mente del martilleo incesante de la responsabilidad. A pesar de eso estás alerta, cualquier sonido te devolvería a la realidad.
Y ahí estoy yo. Detrás de ti, en la esquina de la habitación viéndote jugar Solitario o charlando con personas de algún lugar. No quiero hablar, sólo verte. Quiero descubrir hasta el más mínimo gesto, la más leve expresión… tanto tiempo conociéndote y me sigues sorprendiendo: ojos apacibles, siempre atentos. No hay sonrisa abierta, tampoco seriedad absoluta. Gioconda. Dentro de ti hay música para mis oídos, temblor para mis piernas, hilos para mi corazón. Pasión que evoca el recuerdo y estremece mi piel, la misma que tantas veces te ha sentido tan mío.
La observación continúa: tienes muchos lunares, ¡qué divertido sería contarlos todos! Aunque si lo hago, creo que terminaremos como siempre: en la cama.  Tu cabello se empieza a pintar de un color que no le corresponde, me gusta. Algo se escucha, volteas la cabeza intentando adivinar, te levantas del sillón para ir a revisar. Tal vez sean los niños o sea ella, ¿te estará esperando?... No por favor, hoy no, hoy déjalo por unos minutos más; después será todo tuyo.
Regresas y vuelves a sentarte. En el ambiente, la frescura propia de la noche, huele a humedad… Me acerco a ti: el monitor te alumbra la cara, una mueca graciosa entre concentración y malestar cruza tu gesto. Eres tan… tan… tan tú. Tienes la mala costumbre de dejarme sin palabras. Si tan sólo pudiera tocarte una vez más. Extiendo mi brazo, estoy a punto de tocar tu mano… pero no puedo, no entiendo qué pasa. Camino hacia el respaldo de tu sillón, quisiera que sintieras mi caricia por tu brazo, tu piel se eriza, tal vez sí me sientas pero no te das cuenta que soy yo. Siempre me gustaron tus brazos: fuertes y firmes sin exagerar, medida justa y exacta para el abrazo. Para dormir y para no dormir. Recargo mis manos en tus hombros y mi barbilla en tu cabeza, con un gesto fluido voy abrazándote y ahí, se detiene todo. Ahí comprendo que ya no estoy, que me fui a algún lugar a donde tú no puedes ir conmigo. Una lágrima resbala por mi rostro y cae en tu frente… Te amo tanto o más que la noche en la que me di cuenta que ya estabas en mi corazón.
Me sientes contigo, cierras los ojos a la luz y te dejas llevar, te recorre un leve escalofrío cuando mis manos acarician tus brazos queriéndote sentir de nuevo tan mío. Esta noche es especial, esta noche es diferente porque yo ya no estoy, porque te amo y porque tú también me amas, porque a pesar de todo estuvimos juntos y nos entregamos más allá del deseo, porque por unos segundos fuimos uno.
A lo lejos se escucha un eco resonar: “Lo que yo quiero, corazón cobarde, es que mueras por mí.” Te levantas por impulso, como si una realidad te golpeara de pronto, como si tuvieras la certeza de que estoy ahí. Yo, invisible, me acerco, recargo mi cabeza en tu pecho justo en tu corazón, tus brazos me rodean, me sientes contigo. Y en un susurro cálido que nos envuelve a los dos, exclamo: Feliz cumpleaños, mi amor. Te amo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario